Un recorrido personal por la mítica librería en pleno barrio latino de París. Cruzamos un portal cósmico al mundo de los libros y les contamos cómo fue la experiencia. París sin turismo es uno de los eventos más raros que nos toca vivir en estos tiempos y lo exploramos para compartirlo con ustedes.

Shakespeare and Company librería mítica en París

Shakespeare and Company: el descubrimiento

La primera vez que visité Shakespeare and Company tenía 20 años. Era mi primer viaje sola por Europa, con una mochila pesadísima al hombro iba encontrándome con amigxs en diferentes ciudades. Llegué a París y llovía, como no podía ser de otra manera me esperaba una semana entera de lluvias casi constantes. Me bajé en una estación de metro y con emoción salí con el mapa de papel en la mano. Aunque ya había estudiado un poco el recorrido de antemano, estaba completamente perdida. Intentaba usar el Panteón para ubicarme y lograr encontrar así la rue Mouffetard, pero esa zona está repleta de diagonales. En ese momento no sabía que estaba justo en un barrio en el que jamás podría ubicarme. Di vueltas, volteando también el mapa, hasta que logré dar con el hostel donde estaban esperando mis amigas. Era un lugar horrible, la hotelería accesible para viajantes con mochila en esta ciudad lujosa deja muchísimo que desear. No nos importó, vivimos seis días de risas y paseos. Esas risas que te hacen doler la panza, carcajadas que no me olvido más.

Cuando entré a Shakespeare and Company por primera vez ingresé en un mundo que había visto en películas, había leído y soñado. Esto fue hace diez años y tal vez sea el tiempo lo que no me deja recordar mis sensaciones, pero sí tengo algunas imágenes que se entremezclan con todos esos momentos en que volví a pasar el portal hacia el mundo mágico que es esta librería. Volví unos años después a París, a instalarme por seis meses -que se convirtieron en muchos más-. Fui una estudiante de intercambio que, por supuesto, llevaba su bolsita de la librería a todos lados. Sin embargo, cada vez que quería volver a entrar a Shakespeare and Company había más gente, y yo cada vez tenía menos ganas de ingresar a ese lugar que sentía que de a poco se quedaba sin voz propia.

2020 en París

Llegó el 2020 y mi trabajo como guía sobre el bus más codiciado de la ciudad de París. Todos los días, tres veces por día, pasaba llevando grupos gigantes de turistas por la puerta de Shakespeare and Company y veía desde el segundo piso del bus sus luces. Siempre intentaba persuadir a los clientes con un «ahora van a ver una de las librerías más hermosas del mundo» o «acá filmaron Antes del anochecer», otras veces nombraba a Hemingway, Joyce, algunas a Ethan Hawke e intentaba no hablar de Woody Allen a menos que alguien me preguntara si era esa la librería de la película «Medianoche en París». Nunca había tiempo para hablar de Sylvia Beach, sólo la nombraba al pasar, como para sumar un nombre femenino a ese guión acartonado de dos horas y media donde era una hazaña introducir mujeres y sus historias. Así me divertía: intentando manejar los pocos segundos que tenía para nombrarla sin pasarme de largo.

Notre Dame estaba a la vista, con sus andamios quemados y su falta de techo, y lxs turistas de mi bus no podían dejar de mirarla, la librería no parecía importarle a nadie. Así que hablaba del incendio de la catedral que había sucedido un año atrás, de cuánto tardaría la reconstrucción, de las ganas del presidente terminar de renovarla antes de las olimpíadas de verano que se realizarán en París en 2024. Me gustaba ver sus gestos cuando comentaba que probablemente la restauración no se completaría por veinte años. Les interesaba más esa tragedia que Victor Hugo o un antiguo sucucho repleto de libros viejos.

Pandemia, pausa y reencuentro con París

El 2020 siguió su curso pero no por mucho tiempo. El covid-19 ya estaba en los cuerpos de quienes deambulaban por París y en pleno marzo yo seguía contando historias con mi micrófono en un bus en movimiento repleto de gente de todo el mundo, que probablemente transportaba el virus de ciudad en ciudad sin saberlo. Así, con alcohol en gel y escepticismo -porque no quedaba otra- seguí trabajando hasta que por fin se decretó la cuarentena. Dos meses enteros de confinamiento y por fin, volvimos a salir a la calle. A recorrer esa ciudad que nos pertenecía pero a la que no teníamos acceso más que por la ventana del departamento.

Calle vacía, café y librería Shakespeare and Company en París al atardecer

El segundo día de caminata fuimos sin rumbo pero sabiendo que en algún momento encontraríamos el Sena. Atravesamos el mapa y cinco kilómetros más tarde estábamos en la entrada de Shakespeare and Company. En el camino, nos fuimos topando de a poco con lugares conocidos: todo estaba igual pero cambiado. No había nadie ajeno a la ciudad, todas las personas que circulaban estaban en París hacía tiempo, por una razón u otra. La conocían y la estaban redescubriendo en este nuevo contexto, como nosotrxs, siempre extranjerxs y a la vez perteneciendo por un rato.

Imaginé una París antes del turismo masivo. En la Île de la Cité no había souvenirs y los puestos de remeras I love Paris estaban cerrados. Las cajas verdes de bouquinistes, abiertas, como siempre desde hace 400 años. No circulaba nadie por la callecita lateral Notre Dame. Cruzamos la isla y nos animamos a ir hasta la librería. Nuestras piernas estaban enchufadísimas, no podíamos dejar de caminar a pesar del cansancio.

Shakespeare and Company sin gente: ¿sueño o realidad?

Al llegar no había nadie, sólo nosotrxs, los andamios en la entrada y un cartel que pedía a gritos atención: ¡Volvimos! ¡Vengan a visitarnos! Pero ahí dentro había más libreros que público. Entré sola, un impulso me llevaba, me arrojé al mar como si estuviera a punto de romper la ola. Pasé el portal y por primera vez en mucho tiempo la adrenalina me corrió por el cuerpo.

Entré en el mundo paralelo de los libros, las historias y la Historia. Por primera vez vi Shakespeare and Company sin turistas. Con máscara y bañada en alcohol en gel comencé a recorrer ese espacio sin golpearme con nadie, porque estuve ahí sola un buen rato. Pedí permiso para sacar fotos y subir a la sala de lectura, expliqué que estaba emocionada porque era la primera vez que veía la librería vacía, les conté que tenía un blog de viajes y accedieron sin titubear. No había mucho para controlar en ese día soleado y vacío.

El recorrido por la librería

Ingresé a la laberíntica librería como si fuera medianoche y yo hubiese entrado sin permiso. Estar ahí sola tenía algo inquietante. Dos libros llamaron mi atención como piedras preciosas y decidí que al irme los llevaría conmigo. Deambulé por la planta baja y luego subí al primer piso donde está la sala de lectura, el piano y de vez en cuando el gato de la librería. La emoción de subir esas escaleras sabiendo que no me encontraría con un centenar de personas me hizo recorrerla lentamente, leyendo las inscripciones en cada escalón y apreciando los retratos que colgaban de Virginia Wolf, Simone de Beauvoir y Margueritte Duras, entre otras autoras y autores.

Interior de la librería Shakespeare and Company. Inscripciones, libros y retratos de escritores

Recorrí los estantes repletos de libros, me vi a mí misma años atrás buscando alguna obra de teatro en un pasillo. Ingresé en la salita que tiene una ventana al exterior, desde donde se ven los árboles y más allá descansa el Sena. Había una mujer. Dije bonjour pero no respondió, parecía absorta en sus pensamientos. Di unas vueltas y la excitación no me dejaba concentrarme en ningún libro en particular. Observé las paredes, el cielorraso, las curvas de lo que suponemos debería estar derecho. El paso del tiempo. Lo intacto. Sentí todo entre mis manos, sin necesidad de tocar nada.

Paseando sin dejar huella, como si no hubiera querido molestar, descubrí dos secciones nuevas que no había visto nunca, dos alas agregadas al mítico laberinto: la de libros infantiles y juveniles y la de poesía. Dos de mis géneros favoritos. Entré tímidamente en el sector dedicado a la poesía, di unas vueltas, me agaché, ojeé algunas ediciones, pasé mi mano por lomos al azar. Tuve una revelación. Un impulso muy íntimo que no sé si podría explicar. En ese momento supe que estaba donde tenía que estar. Y que la escritura y los libros tenían que ser parte de mi vida profesional. Era momento de dejar de evitarlo.

Seguí recorriendo lomos hasta dar con un librito de Williams Carlos Williams, una especie de revista pocket. Lo abrí y justo ahí donde elegí desplegar las hojas me esperaba un poema especial, el mismo que Nati* había elegido para dar comienzo a unos talleres intensivos de escritura que realizó durante la cuarentena y de manera online, del que participé con otras mujeres de diferentes puntos del mapa.

Cuando Sebastián entró le mostré los dos libros que quería llevarme. Me dijo que él había elegido esos mismos dos. En ese mundo paralelo en el que estábamos sumergidxs y donde había miles de libros, a ambos nos habían llamado la atención los mismos. Cuando el librero nos avisó que cerraban porque ya eran las nueve de la noche, pagué los libros y crucé nuevamente el portal. Afuera esperaba la ciudad desierta y un atardecer de esos que se ven cada tanto. Un sol furioso que debilitado larga sus últimas llamaradas de fuego naranja. Caminamos con emoción y bajó el sol, como debe ser.


Si quieren conocer la historia de la librería pronto la compartiremos en un nuevo artículo. Pueden seguirnos en Instagram y suscribirse al newsletter para estar al tanto de todas las novedades. En IGTV les dejamos un video donde recorremos la librería por dentro.

*Natalia Romero es poeta y su taller El otro lado de las cosas es uno de los mejores espacios de los que formé parte en mi vida. Recomiendo seguirla y leerla.

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Hace un año desembarcamos en Francia con una visa de vacaciones y trabajo. Trabajamos como guías de turismo y recopilamos muchas historias y mucho amor por esta ciudad. Si quieren leer más, encontrar tips para visitarla, otros tantos para no gastar de más, y recomendaciones por fuera de los circuitos tradicionales, no duden en leer todos nuestros artículos sobre París.

Unos mates en el puente con vista a la torre eiffel de París.

8 comentarios en “París: reflexiones de un atardecer en Shakespeare and Company”

  1. Hermoso como describis. Cierro los ojos y me siento transportada a la librería, a las calles de París. La sensación de descubrir de vuelta a la ciudad vacía de turistas. Hermoso Denis. Te felicito.

    1. Qué lindo poder transportarte a través de las palabras ♡
      ¡Muchas gracias Ada! Por tu lectura atenta y por el café. Ojalá lo tomemos juntas pronto con mucha charla mediante.

  2. Den..que te puedo decir…me emocionan tus notas y la manera que tenes de escribir
    Me das mucho orgullo y te superfelicito de todo corazón!
    Seguí escribiendo y recorriendo y permitiendo que muchas personas te leamos y disfrutemos

    1. Qué lindo poder llegar a través de los relatos. Me emociona saber que viajan conmigo a través de las palabras ♡ ¡Gracias!

  3. Denisse, que relato tan emotivo!
    Me senti caminando y recorriendo las calles de Paris! Ciudad que me fascina y siento nostalgia por volver algún dia!
    Te felicito! Un fuerte abrazo

    1. Qué lindo que puedas viajar a través de estas palabras.
      Esperamos que puedas volver pronto.
      ¡Muchas gracias por tu comentario!

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