Esta historia comienza como todas: mucho antes de lo previsto. Pensaba escribir sobre una tarde en Lisboa, un auto repleto de arena, un fuerte abrazo con una casi-desconocida, una terraza al lado del aeropuerto, una fiesta, un cambio de planes, una noche en la casa de una cineasta. Y sin embargo, cuando pensaba en estos sucesos en la ducha, me vi ahí, en esas noches frescas de abril en Buenos Aires durante el festival de cine independiente. Y pensé que como todxs lxs demás podría haber aprovechado la ocasión para hacer algún contacto que deviniera en negocio: conseguir un trabajo en otro festival o fondos para una película que jamás haré. Pero yo estaba ahí en una de esas largas noches, que devino puro fuego y baile y sudor, y lo único que conseguí fue divertirme y un buen recuerdo que después devino en buena onda, un mensajito de texto, un abrazo y lo que ya sabemos: un viaje. No soy comerciante, no hay vuelta que darle. No podré ser nunca como mis abuelos. A continuación: un relato íntimo y desordenado en primera persona, un torbellino de palabras que surgieron como un relámpago tres años después de renunciar al trabajo fijo e irme de viaje.

bailando en una fiesta en bafici, imagen movida y rojos saturados

Pienso ahora que esta historia comienza incluso antes de lo previsto, porque somos una red sin fin, todxs venimos de algún lado. Una historia y una familia de la que no sé si hay escapatoria. No quisiera ponerme freudiana, mis xadres son ambos psicoanalistas y seguramente muchxs pensaron que por ahí vendría mi futuro. Pero no, acá estoy, en un país que no es el mío, desandando redes y escribiendo una historia sin principio ni final. 

Mi abuelo Jacobo llegó de Siria con una moneda de oro y, sin hablar español, se fue a descubrir el sur de este territorio inmenso que es la Argentina. Años después tuvo una fábrica. Mi abuelo Gregorio, de ascendencia rumana, se dedicó al comercio desde que tengo memoria. Ya habrá tiempo para hablar de las abuelas. No digo que el dinero sea cosa de hombres, todxs sabemos que no es así. Pero en este relato quiero dejar en claro ese pensamiento que tuve en la ducha: ese abril elegí un intercambio que nada tuvo que ver con un deseo de que mis acciones me «sirvieran para algo”. 

Finalmente sirvió, claro, porque no sé si sabemos actuar de otra manera. Me explico: esto es como el capítulo de Friends en que Phoebe (el personaje más sincero y auténtico de la serie, y por lo tanto el más subestimado) le dice a Joey (el otro personaje auténtico y sincero, que sólo será recordado por ser un picaflor) que ella no hace las cosas para obtener un beneficio. Y sin embargo, aunque haga acciones de manera desinteresada, ayudar a otras personas le da placer y ese es un beneficio para ella. Al final del capítulo hasta Phoebe debe aceptar que estamos programadxs para el beneficio propio. 

Entonces mi mente nunca pudo acostumbrarse al “hacer contactos” y  “pedir favores”. No digo que esté mal, sé que tejer redes laborales es fundamental. Más para quienes nos dedicamos a la cultura (con todo lo que eso implica). De hecho siempre fui de conectar gente entre sí, en lugar de conectarme a mí misma. Hay algo del sistema de la meritocracia en la que vivimos que me toca una fibra y la autoexigencia siempre hace que unx trabaje de más por menos. 

Claramente me fui por las ramas, pero el punto es que hoy descubrí que en lugar de buscar un negocio, me fui de viaje. Algo que ya sabía, porque estoy hace un año viviendo una vida casi nómade en un país que no es el mío. Pero hoy, en ese baño de agua tibia, se hizo tinta.

El comercio para beneficio propio, entonces, nunca fue lo mío. Quisiera compartir lo que tengo y que me den un poco de lo suyo. Sin pensar cuánto gana cada quien en ese trueque. Lo mío es tuyo, lo tuyo es mío, cantaba el perro medio muerto de Todos los perros van al cielo, mientras compartía una pizza con los cachorros, antes de traicionarlos.

Y así fue como, desinteresadamente, les escribí a Rita y a Roberta para contarles que estaría en su ciudad unos días. Nos habíamos conocido primero por correo electrónico, cuando contacté a la cineasta por trabajo, para invitarla a ser parte del Jurado del BAFICI, festival para el cual trabajé durante cinco años. Esa edición sería importante para mí, cerraba una etapa de tres años coordinando la oficina de invitados internacionales. Ya no daba más: así, sin rodeos. No soportaba la presión del trabajo, de no hallarme en lo que hacía, de no encontrar ni un hilo de creatividad en mi día a día. Sentía que había marchitado todo mi talento, que había perdido la capacidad de reírme, de descansar, de pensar. Ya ni siquiera leía, hasta había dejado de ver películas. Mi manera de relacionarme con el trabajo me había alejado de la gente y de mi carrera, ya sólo pensaba en grillas de excel

El trabajo de mis sueños se había convertido en una pesadilla. La decisión de renunciar a todo eso y viajar me había devuelto la ilusión. Y ese festival trabajé y bailé como nunca. La última noche, en la fiesta de clausura que era, para mí, mi despedida, festejé con Rita y Roberta como si las conociera de toda la vida. Estaban agradecidas por mi trabajo y tenían una forma muy especial de demostrarlo sin palabras. Nos divertimos, bailamos, cantamos, sudamos. Prometimos quedar en contacto. Cuando una representa a un festival de manera transversal, de esa forma tan formal que tenía mi trabajo, es difícil ser otra cosa que una empleada que mecánicamente completa planillas, contrata gente, contacta otra y se invisibiliza detrás de una computadora. O por lo menos eso me pasaba a mí. Un trabajo impecable era, en mi experiencia de ese momento, puro silencio. Todo iba bien, con mi salud a cuestas, pero todo funcionaba. Así los galardones nunca me pertenecían. No tenía protagonismo ni en mi propia historia.

Lo hacíamos funcionar con un presupuesto ridículamente acotado y un equipo de amigas con las que nos sosteníamos mutuamente en la sombra. Pocas veces alguien me agradeció por mi trabajo como lo hicieron ellas, mis amigas, y aquellxs profesionales a quienes finalmente conocía y veía por unos días como si nos conociéramos de toda la vida después de haber hablado por correo durante meses. Yo sabía que no era fundamental, que se olvidarían de mi, pero también sabía que era muy buena en lo que hacía. No sé si mis superiores lo vieron a tiempo. Y yo no pude a tiempo controlar mi auto-exigencia irracional. Preferí escaparme un tiempo y confieso: volví renovada*.

Unos meses después tomé el avión. Rita se había ido a filmar a España, pero Roberta estaba en Lisboa. Le mandé un mensajito tímido para avisarle que había llegado y su respuesta fue de inmediato: estoy montando una exposición cerca del aeropuerto, te paso a buscar en 20 minutos por el Mirador. Y ahí llegó con toda su energía de artista portuguesa, con una sonrisa y sus ropas de verano. Menos transpirada y más seria que aquella noche de fiesta. Pero con una fuerza de la que no me olvido nunca. Yo todavía me vestía de negro, pero ya sentía lejos a la productora que había sido, la del entrecejo fruncido, la de la botellita de cerveza o algún snack frente a la computadora con una urgencia que me sacaba del cóctel. La de las siestas en la butaca del cine. La del celular sonando a las cinco de la mañana. Ya estaba lista para ese verano, para ese aire de mediterráneo, para los casi tres meses que tenía por delante para, simplemente, viajar. 

Roberta nos presentó a su amigo, y después de unos abrazos nos subimos a su auto, que parecía un arenero. No teníamos idea de adónde nos estaban llevando. Después de un largo rato de charlar en el auto llegamos a un estacionamiento al lado del aeropuerto. Ahí estaba Flying House Lisboa, un espacio completamente independiente donde había talleres de artistas y una terraza impresionante por la que sobrevolaban los aviones. Quedamos invitadxs a la inauguración, exposición y fiesta que se haría la semana siguiente, el 3 de junio. No teníamos demasiados planes pero en nuestra mente en ese momento ya estaríamos en alguna playa del Algarve. No teníamos apuro, sólo un vuelo a Alemania dos semanas después. Decidimos que después de explorar Porto volveríamos a Lisboa para no perdernos la fiesta. 

Después de esos días, de la fiesta, de haber dormido en casa de Rita, de haber recogido a su nieto por la estación de tren, de haber bailado, de haber seguido sus recomendaciones, de habernos divertido y de haber sentido una hospitalidad que nunca antes habíamos experimentado, le regalé a Roberta una foto nuestra: Estamos las dos en la entrada de ese paraíso de la terraza con los aviones, riéndonos abrazadas. Una mini-instantánea que puso en su auto. 

No sé qué habrá sido de la moneda de oro que trajo mi abuelo Jacobo de Siria, en qué la habrá invertido, en comida, casa o tal vez su fábrica. Sé que mi abuelo Gregorio remó contra viento y marea para montar su negocio en Buenos Aires. Y tengo claro que las amistades efímeras de los viajes tienen una potencia que sólo puede resumirse en una frase que me dijo Roberta tiempo después: mi casa es su casa, abraço forte. Hace años que no sé nada de ella, pero sé que mi casa, donde quiera que sea, es también la suya. Y de eso se trata estar en movimiento.

* les debo la crónica de cómo cambió mi manera de trabajar el hecho de haberme tomado un tiempo relativamente largo para viajar. Después de renunciar a ese trabajo fijo volví a trabajar para esos mismos festivales, pero de manera freelance y con una calma que no había experimentado antes. Después de viajar todo se relativizó y puse en perspectiva muchas cosas. También me afectó menos mi enojo con algunas injusticias y actué, como pude, con el ejemplo.

Para saber más sobre Lisboa y qué hacer unos días en la capital de Portugal, tenemos una mini-guía con los lugares alternativos que más nos gustaron.

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