Crónica de una noche en una París de confinamiento. Ya pasaron casi cincuenta días de encierro debido a la pandemia de covid-19 que nos cambió, definitivamente, la rutina.

París en cuarentena: fachadas de edificios, locales cerrados y alimentaciones abiertas

Anoche me desvelé, nunca me pasa, no tengo insomnio. Apoyo la cabeza, me acurruco, me duermo. A lo sumo leo, uno o dos párrafos antes de dormir. Esta vez me desplomé tipo diez y dos horas después me levanté a lavarme los dientes, sabiendo que no iba a poder volver a dormir. Cuando volví a la cama S. estaba cerrando los ojos y yo empezaba a desperezarme. Me acosté, di vueltas, lo abracé, apoyé mi cabeza sobre su almohada. Al rato me alejé, y boca arriba escuché los sonidos de la calle…

De pronto es la una de la mañana y aparecen las sirenas. Ojalá fueran las del océano, son siempre las del asfalto. Las de las ambulancias y la policía de París que suenan a toda hora. Nunca entiendo la necesidad de semejante bullicio cuando la ciudad duerme, ¿a quién le tocan la sirena? Si no hay tránsito a esta hora, ¿a quién le avisan que están yendo? ¿A dónde van? También me pregunto quiénes no duermen un jueves de cuarentena pasada la medianoche. Media hora después casi todo es silencio, salvo alguna persona gritando al voleo en ese triángulo de Jaurès que se arma entre mi calle, el Quai de Valmy y el Boulevard de La Villette, lo de siempre. Me levanto sabiendo que por un rato no voy a poder dormir. Me asomo a la ventana. Los desnudos de enfrente dormidos, la tele ya apagada. Me sorprende porque son los más noctámbulos. La pareja del altillo de arriba con una luz encendida, están despiertxs y por primera vez me doy cuenta de que tienen colgadas unas fotos en blanco y negro. También veo que tienen dos ambientes, y no uno. A ellxs lxs descubrí hace poco, al atardecer, cuando todxs aplauden. La ciudad a través de la ventana es diferente de noche. Ya conozco los movimientos del barrio, pero la noche todavía me resulta terreno desconocido, sólo conozco sus sonidos. Me encanta, pero nunca puedo mantenerme despierta para mirar y descubrir sus secretos. Es mi oportunidad.

Volvió a llover. Un mes y medio encerrada y sol todos los días, la ciudad se transforma, el cielo está limpio y celeste. Pero ayer volvió a llover, y ahora sí veo París desde la ventana. Las ventanas de los edificios del otro lado del canal están encendidas. Cuánta gente desvelada al mismo tiempo. Tardo en darme cuenta de que hoy es feriado y probablemente mucha gente no haga teletrabajo. Para mi da lo mismo, los días son parecidos y me armo un calendario para distinguir los fines de semana. Antes del confinamiento ya iba al revés del mundo, trabajando los fines de semana, descansando cuando la de los demás promediaba. Yéndome de Argentina en crisis a una crisis propia. Volviendo a Francia después de todo este tiempo. Tal vez lo que no me deja dormir es la perspectiva de volver, una vez más, a esa Argentina desde una Francia de crisis sanitaria (así le llaman). O tal vez lo que no me deja dormir sea la idea de estar en Buenos Aires, confinada en un hotel, sin poder ver a nadie. En una habitación sin cocinar, ni querer, ni dormir. O tal vez, la de volver a salir a la calle. Responder preguntas de familia y amigxs. Acá, desprotegida y protegida al mismo tiempo, los problemas son otros. Llevo bien el anonimato, es mi parte preferida de estar viajando. No le debo nada a nadie, más que a mí misma. 

La alimentation generale de enfrente está abierta, claro. Todos los días de 2 a 2. Entra y sale gente, a veces les hacen esperar, porque es chiquita y alguna medida sanitaria tienen que cumplir. Veo gente cruzar y ya distingo si van a entrar o no. Me invento un juego, ¿esto hacen mis amigas cuando se desvelan? Les voy a preguntar. Quiero anotar un montón de cosas que se me ocurren, pero no puedo. Sigo mirando por la ventana, como James Stewart. En menos de diez minutos aparecen varias personas: un señor encapuchado, otro con una túnica, una pareja de hipsters. Entran, compran, se van. Cuando pagan sólo veo sus pies y a veces las manos, haciendo sus transacciones. Nunca veo bien qué llevan, pero siempre salen con alguna bolsita. Un chico va levantando cosas del suelo, colillas de cigarrillos tal vez. Ese no entra, pienso desde que lo veo cruzar la esquina. Es cara la alimentation, no entiendo por qué la gente no compra de día en otro lado lo que acá de noche se consigue al doble de precio. Hace casi siete años, una noche compré maní y cerveza en este mismo lugar, antes de entrar al Point Ephémère, bailar un rato y perder el último metro. No me acuerdo cómo volví a casa aquella vez. Qué casualidad, o no, estar viviendo frente a este lugar ahora, años después. Lo que no entiendo es por qué durante la cuarentena la alimentation sigue siendo tan necesaria de noche. Tal vez sea demasiado ingenua y acá vendan drogas, o tal vez demasiado prejuiciosa y la gente solamente busque saciar su antojo de medioanoche. Ahora quiero ir a comprar algo. Quisiera vernos juntxs cruzar la calle, intentando conseguir algo desesperadamente a las dos de la mañana. Maní, cerveza, alguna golosina, preservativos, marihuana o lo que sea que tengan ahí, pero algo. Pero vos dormís y yo me distraigo escuchando unos gritos locos, balbuceos, de esos que escucho todas las noches sobre la Rue La Fayette. La veo con un paraguas, pero ahora no llueve señora, qué hace con el paraguas. Lo abre y lo cierra. Le habla, le grita, le dice cosas que no entiendo, ni ella entiende. Lo abre y como si viniera un viento de atrás se le escapa de las manos y va a parar al suelo, a la calle. A esa calle sucia donde a la noche a nadie le importan las medidas sanitarias. No hay barbijos, guantes, gel ni distancia. Le grita, claro, y se acerca a agarrarlo, pero el paraguas está tan abierto que el viento lo mueve un paso más allá. Como la utopía de Galeano que se sigue moviendo al horizonte y no podemos agarrarla. Pero el paraguas de la señora es simplemente un paraguas y ella desesperada intenta atraparlo, el mango quedó del otro lado y se ve enfrentada a esa figura convexa que se le escapa. La persigue, logra agarrarle, toma el mango, le reprocha algo y se va.

Ya son más de las tres de la mañana y no estaría mal dormir un poco, o escribir lo que veo, o leer un rato. Pero no quiero prender la luz, ni recibir la de la pantalla. Mi teléfono ya está cargado y tengo los auriculares a mano. Busco la lista que estoy armando con música para hacer yoga o meditar. Yo sabía que en algún momento iba a servirme. Me acuesto, cruzo el pie derecho sobre el izquierdo, como me enseñó Euge. Apoyo sobre mis ojos la máscara con lavanda. No me duermo, pero respiro. Solo eso: Inflo mi panza contando hasta cinco, armo una pelota de viento cálido. Suavemente, en siete tiempos, expulso el aire. Siempre tengo un poquito más de aire que me sobra. Intento extender la exhalación, me concentro sólo en eso. Lo repito hasta que la playlist de una hora se completa. Justo antes, me quedo dormida.


París desde la ventana en cuarentena: calles vacías, edificios, atardecer

En cuarentena también jugamos a viajar desde casa, tenemos una sección dedicada a eso y se llama viajar desde el sofá.

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